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Oh Señor!, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras, yo te ofreceré un sacrificio de alabanza. Que te alabe mi corazón y mi lengua y que todos mis huesos digan: Señor, ¿quién semejante a ti? Que lo digan, y que tú respondas y digas a mi alma: Yo soy tu salvación.

San Agustín, Confesiones Libro 9, 1-3