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                                               ¿Hacia dónde vamos? ransfiguracion

Al leer el texto de la Transfiguración de Jesús ha brotado en mi interior esta pregunta, sí, entre las muchas experiencias que podemos tener al leer un pasaje bíblico y en este en concreto, me ha hecho preguntarme sobre mi destino. Sabemos desde que estudiamos el catecismo: somos creados para la Vida eterna, dice el catecismo que yo estudié de niño. Otra cosa es preguntarnos sobre ella, pues dice san Pablo: ni ojo vio, ni oído oyó, lo que Dios tiene reservado para los que lo aman Hay un dicho muy popular en Perú: ¡Qué sabe el burro de alfajores! La distancia entre lo que puede apetecer el hombre y lo que Dios puede y quiere darle es infinita, como infinito es nuestro Dios. Aunque podemos ya las primicias del Reino, no somos capaces de gozarlas y, aunque lleguemos a esa experiencia (que la tenemos más de lo que pensamos) somos incapaces de expresarlas, como lo muestran los santos místicos expresando con pobres figuras lo que ellos sentían en esas experiencias divinas. Esa realidad que siente Pedro, de quedarse allí siempre, aunque se olvide de él y de sus dos compañeros: Hacemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 

Como somos incapaces por nuestra propia naturaleza dañada por el pecado, que nos hace andar descarriados, como ovejas sin pastor, es el Hijo de Dios el que sale a nuestro encuentro para, de su mano, poder llevar a buen fin nuestra tarea. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros… pues la Vida se hizo visible (1 Jn 1, 3 y 2). Esto nos obliga a escuchar a Jesús, el Hijo: Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadle (Lc 9,35).

Textos bíblicos

  • Génesis 15, 12.17-18:Yo soy el Señor tu Dios.
  • Salmo 26, 1-7.9.13-14:El Señor es mi luz y mi salvación. 
  • Filipenses 3, 17-42:somos ciudadanos del cielo.
  • Lucas 9, 28b-36:Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de esplendor. 

Comentarios

En la Transfiguración de Jesús se nos enseña algo esencial para comprender nuestra existencia: no hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Eso asimismo nos lleva a observar la caducidad de las cosas y hasta de las personas (sobre todo en su confianza en el poder, en el tener y en placer), son aspiraciones terrenas y perecen… el que se apega a ellas, perece con ellas también para siempre. Son los que ponen su existencia en el dicho: comamos y bebamos que mañana moriremos. Detengámonos en las lecturas:

  • El Dios que exige a Abram salir de su tierra, no defrauda, lo que promete lo cumple.
  • Dios todo lo puede, pero la eficacia de Dios se ahoga cuando el hombre convierte su libertad en libertinaje y corrompe todo con su pecado. Bautizados en Cristo, somos ciudadanos del cielo… ¡Vivamos como tales!
  • Nos espera la gloria eterna, que vamos construyendo ya ahora caminando con Cristo Jesús, pues él trasforma nuestra naturaleza dañada en gloriosa Resurrección, ¡ya somos ciudadanos del cielo!

Nuestro camino

  • Los discípulos no comprenden las enseñanzas de Jesús, pues no hay forma de quitarles sus ideas sobre el Mesías y, más aún, que este tenga que llegar a la muerte en cruz. Al comenzar la subida a Jerusalén desde Galilea (para el evangelista Lucas ya es el inicio del camino del calvario) Jesús a sus apóstoles más decididos, Pedro, Santiago y Juan, los lleva a la cima  de un  monte y se transforma, mostrándoles algo de su gloria. Además su misión está abalada por los dos personajes más famosos del Antiguo Testamento: Moisés y Elías.
  • El seguimiento a Jesús no es tan difícil cuando buscamos los medios convenientes: la oración, la sobriedad, los propósitos concretos de cambio… Nos brillan ideas, mas hacen falta decisiones para vencer tanta falsedad que nos rodea.
  • ¿Cómo superarnos?La respuesta está en la escena del Monte; Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadle. Escuchar a Jesús es buscar la raíz de la Vida y seguir su voz la garantía de llegar a la plenitud de la Gloria.

Puesto en oración, pido al buen Jesús que despabile mis oídos para escucharlo y seguir fielmente su voz.

Fray José Jiménez de Jubera Rubio