COLOR PENITENTE”

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Hemos comenzado un nuevo mes; quizás para muchos resulte uno más de los doce que contiene el almanaque, a sólo dos para terminar el año. Para un buen grupo o miles de personas, significa mucho más de lo que nos imaginamos: Octubre les sabe a penitencia, a “cuaresma”, a humo e incienso, a Señor de los Milagros
Es la imagen del Cristo morado el que se erige como “estandarte” en las Iglesias, en las capillas, en las grandes catedrales. Su imagen también se puede ver colgada en las ventanas o en las paredes de nuestra habitación. El “color penitente” se mezcla con lo mundano y el pecado que todos llevamos a “cuestas”.
Los más “devotos” vestirán el hábito y prenderán en sus pechos el “detente” como “muestra de su amor” y el cordón blanco con varios nudos como “gracias” recibidas del Señor.
Un mes para la oración, la meditación, el sacrificio y la renuncia a todo lo superfluo que se nos pega al alma y al cuerpo.
Un mes para darnos cuenta de lo caduco que somos, de lo frágil que es nuestra naturaleza y de la “tremenda necesidad” que tenemos de ALGUIEN que nos anime y nos fortalezca en nuestra “pasión”.
Porque el Cristo de Pachacamilla es más que un recuerdo, un amuleto, o una “sarta” de procesiones con velas encendidas y cera derramada por las calles de nuestra amargura. Es más que lágrimas y lamentos, golpes de pecho y “sacudidas de cabeza”
El Cristo morado es más que comercio, turrones “doña Pepa”, escapularios y un sinfín de “adornos y promesas”. Es más que historia pasada bajo la nostalgia de un cielo de semana santa.
El Cristo clavado y muerto es nuestro Señor y Salvador, es el que pagó, con su sangre, el precio de nuestros pecados. Es el Hijo de Dios que entregó su vida por ti y por mí, el que cambió la historia dejándonos un camino de salvación y reconciliación. Es la VIDA que se deja contemplar bajo el silencio y la sangre del madero.
Amémoslo, adorémoslo y dejémosle que transforme nuestra existencia en un himno de agradecimiento.
P. Rogelio Ponce OAR