LA TRANSFIGURACIÓN       

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  • Génesis 20, 1-2.9.15-18: Te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y la arena de la playa.
  • Salmo 115, 10.15.16-19: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.
  • Romanos 8, 31b-34: El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. .
  • Marcos 9, 1-9: Este es mi Hijo amado; escuchadle.

Unidos en una misma fe, pues somos descendientes de Abraham:

Todos los bautizados en Cristo estamos unidos en una misma fe, la misma fe de Abraham. En toda la Biblia aparece este Patriarca como el Padre en la fe; de ahí que su descendida sea mayor que las estrellas del cielo y la arena de la playa.

Dios mantiene esa Alianza: Si algunos fueron infieles, no  anulará Dios su fidelidad (Rm 3,3-4); porque la esencia de ser cristiano es: Una sola fe, un bautismo, un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, que actúa por medio de todos y está en todos (Ef 4,5-6). No puede haber una razón mayor para indicarnos que formamos el Cuerpo de Cristo, una sola Iglesia, donde nos formamos y ayudamos a andar en el camino de la vida.  

Por el Bautismo nos unimos a la Nueva Alianza, inaugurada por Cristo Jesús, porque si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2Cor 5,17). Y, a través de Cristo, somos los descendientes de Abraham: Si sois de Cristo, sois descendientes de Abraham y herederos según la promesa (Gál 3,29).

Una misma fe nos impulsa a obrar en consecuencia por el bien de todos los hermanos: Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras que de antemano dispuso él que practicáramos (Ef 2,10).

Siendo hombres nuevos, san Pablo dice a los cristianos de Colosas – hoy a nosotros – : Deshaceos también vosotros de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías ¡fuera de vuestra boca! No os mintáis unos a otros (Col 3,8-9).

 Al final de la vida:

Insistimos en que la Cuaresma es como un camino, o, mejor, deberíamos afirmar, que toda la vida del cristiano es un camino, llevado en la fe. Este camino se inicia en el Bautismo y termina en la muerte terrena. El domingo pasado indicábamos cómo Satanás sale al encuentro de Jesús, tentándolo para que siga otro camino, no el marcado por el Padre: el de la pasión y muerte. También a nosotros nos propone caminos distintos, no el de discípulos de Cristo. De ahí la llamada de atención en la carta primera de san Pedro: Sed sobrios, velad. Vuestro enemigo el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistirle firmes en la fe (1Ped 5.8-9). Al final del camino nos espera Jesús,  con la misma gloria que muestra a sus discípulos en el monte con la transfiguración.

Dificultades en el seguimiento der Jesús:

A la escena de la transfiguración precede en el evangelio de san Marcos el anuncio que realiza Jesús de su pasión, muerte y resurrección: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y escribas y ser ejecutado y resucitar al tercer día (Mc 8,31).

Pedro – como sus compañeros, pero él más decidido – al no comprender este camino que va  a llevar su Maestro, se puso a increparlo  aparte. Jesús no anda con paños fríos, quitándole tragedia al tema; más aún, veíamos el domingo pasado a Satanás convenciendo a Jesús que cambiase de camino; pues en esa actitud ve Jesús a Pedro, a quien le dice ser Satanás en ese momento, porque, le dice:  ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! (Mc 8,32-33). Jesús va más allá, proponiendo a sus discípulos un camino de entrega, donación y hasta de dolor y muerte: El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mc 8,35).

Esto me lleva a unas preguntas: ¿Qué es lo que merece la pena en nuestra vida? Lo importante, ¿será, acaso, buscar lo inmediato? Pues de qué le sirve al hombre a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma (Mc 8,36).

 La Transfiguración:

Jesús en este hecho muestra a sus tres discípulos la Gloria que él tiene como Hijo de Dios (ocultada ahora al hacerse hombre). Esa es la Gloria a la que estamos llamados todos sus seguidores. Es una muestra de la Vida eterna a la que estamos llamados, mostrando esto en la aparición de Moisés y Elías los dos grandes profetas de Israel. El cielo es, como lo siente Pedro, un estar bien: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! (Mc 9,5).

 ¡Qué bien estamos aquí!

Nos sirve muy bien esta exclamación de Pedro para concluir esta homilía. Me anima más aún a llevar adelante con buen ánimo mi enfermedad. ¡Qué bien estamos con el Señor! Lo afirmo y lo grito con fe y esperanza desde el estado que me encuentro en mi enfermedad.

Cada día me levanto no pensando en el sufrimiento, sino en el día que el buen Dios me va conceder, agradeciéndole  todo. Si algún día me levanto fastidiado, con malestar, o parece durante el día, también se hace presente mi oración: Me uno, Señor, a ti en el dolor.

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones (Ef  1,3).

Amén