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Muchos cristianos tienen costumbre, a lo largo del día, de detenerse en la iglesia para hacer una visita a Jesús Sacramentado. Son momentos de intimidad con el Señor, en los que el fiel se ejercita brevemente en la oración personal, pide ayuda, da gracias, etc.

Ante el Santísimo hemos de expresar en primer lugar nuestra fe. En el Sagrario se nos entrega Jesús bajo las especies del pan. Nos espera y desea que vayamos a verle. Cuando estamos delante de Él está atentísimo a lo que queramos decirle: una jaculatoria, un acto de fe, una petición, un acto de desagravio o reparación. O a que le miremos con devoción, sabiendo que allí, en el Sagrario, está el mismo Jesús de Nazaret, el Hijo de María, el que multiplicó los panes y los peces, el que con un solo gesto calmó una tempestad y devolvió la paz perdida a unos hombres asustados. El tiene todo lo que nos falta y necesitamos.

La visita al Santísimo nos ayudará a guardar la presencia de Dios durante el día en medio del trabajo y de nuestras ocupaciones.

“Jesús se ha quedado en la Hostia Santa para nosotros: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. —Y amor sólo con amor se paga.

“—¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos?”[1]

Rezar tres veces

V. Viva Jesús sacramentado.

R. Viva y de todos sea amado.

Padre nuestro…

Avemaría…

Gloria…

Comunión espiritual

V. Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos.