¡Queridos hermanos!
Estamos inmersos en el tiempo de Adviento como paso hacia la Navidad: tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal. Las palabra más repetida son“¡Velad!” y “Ven; Señor”. Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”,

Isaías, el profeta del Adviento, dice: “Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; porque tu nos escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is 64,6). Parece reflejar ciertos panoramas del mundo postmoderno, donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el director de todo. Y a veces pensamos que Dios pareciera haberse retirado, como si nos hubiera abandonado a nosotros mismos. El verdadero “dueño” del mundo no es el hombre, sino Dios.

Como cristianos debemos vivir en estas semanas una espiritualidad propia de la esperanza alegre, junto con María, la Señora del Adviento y la Madre de la Navidad. Al mismo tiempo, estamos llamados a la purificación espiritual de modo que acercándonos al Señor que viene, podamos tener en Él la vida eterna.

La venida del Señor ha sido para recobrar la vida que habíamos perdido por nuestros pecados, pues “el fruto del pecado es la muerte” (Rm 5,12) y gracias a su nacimiento recibimos la vida como hijos de Dios” (Gal 3, 26). Jesús afirmó claramente: “He venido para que tengan vida, y una vida en abundancia” (Jn 10,10).

¡Cristo nos ha nacido!¡Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama! Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad, lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el Salvador de todos. Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros, los enfermos..

Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y vive entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final. La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Dirijamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida.
Víctor García
Párroco

“FELICES FIESTAS DE NAVIDAD Y AÑO NUEVO”
Les desea la Comunidad de Agustinos Recoletos