Queridos hermanos:

Entramos en el mes de noviembre, tiempo primaveral, en el que llegan las prisas por estar al día en todo antes de que diciembre cierre el año. En la parroquia también nos encontramos con la premura del tiempo para sacar en limpio la evaluación del año que termina y proyectar el “Año de la fe”. A este mes tradicionalmente le llamamos el mes de las “ánimas” y nuestras miradas se dirigen hacia los cementerios donde descansan nuestros seres queridos. Allí anhelamos depositar unos ramos de flores y elevar nuestras oraciones al Dios de la vida.

 

La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. En la Biblia, el libro 2º de los Macabeos dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac 12, 46). La Iglesia nos pide ser agradecidos con nuestros seres queridos, con la esperanza de que ya gozan de la eterna patria, unidos a esa turba magna, a esa muchedumbre incontable de santos inscritos en el Libro de la Vida, y procedentes de toda nación, pueblo y lengua, quienes, revestidos de blancas túnicas y con palmas en las manos, alaban sin cesar al Cordero sin mancilla. Con Cristo, la Virgen, los nueve coros de ángeles, los profetas, apóstoles y santos está esa multitud innumerable de justos,  que fueron sencillos fieles de Jesús en la tierra, y entre los cuales se encuentran muchos de nuestros parientes, amigos, miembros de nuestra familia parroquial. Ellos adoran ya al Rey de reyes y Corona de todos los Santos y seguramente nos alcanzarán abundantes misericordias de lo alto. Alegrémonos en el Señor y, al considerarnos todavía peregrinos, tendamos los brazos, llamemos a voces a los que vemos gozar ya de la tranquilidad y de la paz eternas.

 

Tal vez alguno se pregunte: ¿rezarán por mí cuando muera? La respuesta es de san Agustín: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

 

La Iglesia, desde los primeros siglos, ha tenido la costumbre de orar por los difuntos. Cuenta san Agustín que su madre santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma, especialmente en el altar de Dios”. No podemos quedarnos en los simples recuerdos. El mismo san Agustín comenta: “Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre  su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios”.

 

La liturgia de este mes nos ha de llevar a vivir en la presencia del Señor, obrando siempre el bien y con amor. San Juan de la Cruz dirá que “al final de la vida seremos juzgados por el amor”. Vigilemos y esforcémonos, porque la vida es corta y la eternidad es para siempre

P.  Párroco Víctor García